El fuerte viento nos acompañó durante toda la noche, y por la mañana seguía soplando. Las condiciones eran ideales para bucear: vientos huracanados, fuerte oleaje, 30 grados a la sombra a las ocho de la mañana... Y aún así los Centros salen a bucear, porque la Reserva Marina se sitúa en el llamado Mar de Calmas, que como indica su nombre, es un mar sin olas, sin viento, muy protegido. Lo mejor de la inmersión fue la maravillosa aparición de un ¡TIBURÓN MARTILLO! No es muy habitual verlos, así que hubo suerte. Impresionante. Después de un par de inmersiones nos fuimos a comer al otro restaurante del pueblo. Aquí pudimos degustar cuatro millones de camarones, peto y vieja. Todo recién extraído del mar, rico y fresco.
Para salir del pueblo hace falta subir un puerto de 1000 metros, pero al haber buceado hay que esperar al menos 24 horas para desaturar el nitrógeno en sangre, y no se puede subir más de 300 metros o así. Total, que por la tarde nos tuvimos que quedar en el apartamento a descansar.
Tiburón a la vista. Foto de Google
Por las calles de la Restinga pasean los buceadores
De vuelta de la inmersión
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